Hoolly Rodríguez
Entre el sol y la playa
Cuando yo era una señorita joven yo me iba por las
nubes en el verano. Abría mis alas grises y me iba volando a una isla
abandonada, era mi paraíso. Pero un día cuando pisé la arena blanca, sentí que
algo estaba raro. La arena blanca había sido movida y había Flórez rosadas
flotando por el agua. Me fui a
investigar lo que había pasado. Empecé a volar sobre los árboles hasta que
encontré el río. En el río el agua estaba moviéndose en círculos sobre un
cuerpo.
Me acerqué para ver un muchacho con alas negras como
la noche vestido con una camiseta blanca
y pantalones negros. Las alas mías seguían agitándose pero no estaba segura si
acercarme o irme. Pero en ese momento él me vio, y sus ojos me asustaron,
porque eran tan afilados y profundos que me impresionaron y caí pero él me
agarró. En ese momento, mi cara se puso rosada de la vergüenza. Oí su voz reír
ligeramente, lo empuje y volé a mi playa pero él me persiguió. Caí a la arena.
“¿Qué quieres?” le pregunté.
“Lo que quería, era estar solo pero de la nada
aparecisteis, y caísteis.” Él comento,” Pero no es para qué te sientas mal,
pero ya que estas aquí porque no estar juntos.” Me quise ir pero me quedé y
hablamos de todo, de nuestro pasado, familias, y de nuestros sueños. En eso se
fue el día y paramos cuando vimos el sol empezarse a retirar sobre las nubes.
Decidimos volvernos a ver mañana por la playa.
El próximo día nos volvimos a ver pero esta vez me
vestí con un vestido negro, largo, y con una canasta para colectar frutas para
comérnosla. Fuimos caminando, recogiendo fresas, manzanas y hablábamos sobre
nuestras favoritas historias evidentemente me preguntó sobre mi nombre, y se lo
dije y él me dijo su nombre. Los comimos las frutas, hicimos jugos, y
jugamos. El verano se nos fue así como
un soplo de una pluma, en el último día nos prometimos vernos otra vez pero en
la ciudad, afuera del paraíso.
Nos juntamos en septiembre en la universidad, como si
fuera el destino. Cuando terminábamos las clases volábamos para la isla y
hacíamos la tarea juntos, debajo de un árbol con sus brazos alrededor de mí.
Con la brisa frasecita como si fuera nuestro testigo, y así pasaron los años.
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